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spock
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« Reply #1 on: September 09, 2010, 07:09:56 AM » |
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Saliendo de la primaria había una tienda, de esas de pueblo, grandes y donde vendían chinche mil cosas. Uno de sus rasgos de modernidad (de los setentas vale aclarar) era una enorme vitrina donde guardaban las carnes frías y los quesos. Dicha tienda estaba a la par de una cantina y ambas compartían el nombre -La Especial- pues eran del mismo dueño, un señor como de 50 años, pelo envaselinado, muy amable; que tal vez era gachupín, pues recuerdo que era blanco y siempre tenía una sombra de barba en la cara. A veces se notaba que estaba medio pedo, pues se quedaba así, con los brazos cruzados sobre el mostrador, medio ido, como en la pendeja, tal vez añorando sus tierras gallegas, o aragonesas o de Celaya o Lagos de Moreno, sepa la bola.
El caso, es que el tendero-cantinero, hacía unas tortas exquisitas: crema, jamón, queso panela, queso amarillo, pastel de pollo y queso de puerco dentro de unas teleras crujientes. O sea, les ponía todo lo que había en la vitrina. Al gusto del cliente eran los chiles encurtidos que se podían tomar de un vitrolero en el mostrador. Cuatro pesos costaban las cabronas, por lo que tenía que ahorrar ocho días hábiles el dinero que me daban mis apás para la escuela. No siempre lo conseguía, de vez en vez, me gastaba mi tostón a la salida del plantel, comprando algunos de los chunches que vendían unas señoras con sendas canastas a la salida de clases, sobre todo las pepitas y las "ollitas", pequeñas cazuelitas de auténtico barro que estaban rellenas de tamarindo enchilado, una puta delicia, en serio. Pero cuando lograba juntar mis cuatro pesos, directo a La Especial a disfrutar esas sabrosas tortas, sin mucho chiste, pero que, según yo, sabían a auténtica gloria.
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